La cancha de Soinca

O no nos quites el regalo de navidad
Por SicaGOL
No recuerdo cuándo fue la primera vez que me aparecí por ese lugar. Puede ser para las fiestas de navidad con patos Donald, Tribilines gigantes y yo chiquito y barrigón enfrentando de reojo los rayos de sol, aferrado a una caja y una bolsa. Así lo dicen las fotos del álbum familiar. Eran lindas esas fiestas. Tengo amigos que como único regalo navideño recibieron lo que esa empresa le entregó a sus padres, obreros de máquinas, grasa y vivienda social.
Eran lindas las fiestas porque ya a la llegada a uno lo recibían payasos, música, tres piscinas con regalos y otro tanto con canastas hinchadas de dulces, bebidas, jugos, chicles y más. Era lo máximo. El viejo pascuero era la guinda de la torta. Se tiraba en paracaídas, llegaba en camión, con sus amigos los indios a caballo y cantaba Mazapán u otro combo artístico infantil. La fiesta se hacía en dos canchas de fútbol, con marcas de cal de canchas de fútbol, con arcos de fútbol de verdad y donde jugaba el equipo de la empresa, que no era poco, porque Soinca Bata buscaba meterse en segunda división. Entonces ese campo semiverde del semiprofesionalismo era lo máximo para uno que vivía chuteando en el cemento o en la tierra.
Yo también jugué en Soinca. Tuve mi polera y mis short blanquiazules e iba con mi hermano a entrenar a la escuela de fútbol que crearon. Después lo hice en el equipo más chico, para irme y luego volver. En eso y en el intertanto, incluso acompañé con mi papá al "equipo zapatero" a zonas lejanas. Más tarde, con el ascenso a Segunda División convertimos en rito tomar la micro Soinca-Puente para ir a la cancha los domingos en la tarde. Mis hermanos mayores se sumaron, el estadio lucía lleno y ya podíamos identificar a cracks del plantel como Veloso, Cossio, Amilcar Valercia, Puguita, el Cabezón Sepúlveda, los hermanos Meza, "Pitoto", Araya (el central, no el goleador), y el gran Lucho Cueto.
Quedaba lejos el estadio. Jugábamos cercados por álamos, un canal y el hedor de los desechos de la fábrica, y tratábamos de hacerlo de verdad, aún cuando en los hechos estuviéramos a leguas de hacerlo. Pero era nuestro club. Cuánta gente puede decir hoy que pertenece a algo, o que se siente identificada con algo. Yo sí, a pesar de no pagar ni una cuota, a pesar que mi papá era un empleado de esa empresa, como tantos, sí tenía una identificación que hoy me permite decir que ese club, Soinca Bata, era y es mi club. Puedo ser fanático de otro que le va bien (a estas alturas no tanto, eso sí), pero la verdad, mi primer club fue ese.
Por eso, ahora que veo que la empresa Bata acaba de donar su estadio a la municipalidad, se me cuela una pena y nostalgia enorme. Yo ahí fui lo que soy. Indudablemente. Como tal, no puede sino darme pena y desazón saber que ese pedazo de historia, ese campo deportivo, quedó al arbitrio del más saquero de todos: nuestro gris alcalde Pérez... Ojalá la cancha no se transforme en cualquier cosa. Ojalá se respete su condición, su historia. Ojalá que mi cancha de niño pueda ser un campo deportivo municipal, de todos, de usted y mío donde todos seamos felices. Como cuando un niño veía y ve al Viejito Pascuero.
